Presentem un article
publicat a la revista Sitges de l’any 1962 per Andreu-Avel·lí Artís i Tomàs,
més conegut per Sempronio, periodista i es
criptor, famós per retratar la
crònica social i cultural de Barcelona al llarg del segle XX.
En el món del periodisme era
considerat com un mestre de moltes generacions. Va col·laborar en molts
periòdics al llarg de la seva vida i va ser director del diari “Tele-Estel” i també
va dirigir “Tele-Exprés”, del que en fou el seu primer director.
En aquest article ens parla de l’oci nocturn d’aquell 1962 i en destaquem una de les primeres referències de l’anomenat “Carrer del Pecat”, terme que s’inventà, o almenys s’atribuí Miquel Utrillo Vidal des de principis dels anys 1960.
NOCTURNO SITGETANO
por SEMPRONIO
Cuando digo que voy a escribir un «Nocturno sitgetano» todo el mundo
intenta quitármelo de la cabeza. ...¡Desgraciado! —me fulminan —.Tú vas a
referirte a las noches de 1961, sin tener en cuenta que las de 1962 ya no se
les parecen en nada...
Y añaden que, de un verano al otro, se han abierto no recuerdo cuantos nuevos bares y se han inaugurado docenas de «boutiques». Con sólo unos meses de ausencia corro el peligro de quedar anticuado. Sitges cambia todos los años de aspecto.
Probablemente a los viejos enamorados les duela. Quisieran que las mujeres
y las poblaciones permanecieran fieles a la primera visión que de ellas
tuvimos. ¡Error! «Omnia mutantur nos et mutamur in illis», como dijo el emperador
Lotario I. Todas las cosas cambian y nosotros cambiamos con ellas...
Un latinajo no resultará muy desplazado en las noches de Sitges, de tan
acusadas características babélicas. A la hora del aperitivo, en el bar
«Gustavo» se escuchan todos los idiomas del mundo. La concurrencia reclama
sillas a los camareros en inglés, en francés, en alemán, en sueco... —No es
cuestión de idioma, sino de falta de sillas —responde el camarero, que es un
guasón.
«Can Gustavo», adosado a los muros de la Punta, es pequeño y su terraza,
frente al mar, exigua. No importa. La gente se pasa media hora allí de pie,
espiando a los concurrentes que inician la acción de pagar y de levantarse de
las mesas.

Fotograma del film "Sitges 1968"
El veraneante que estime en algo su personalidad, debe fondear de ocho a diez
de la noche en el bar «Gustavo». ¿Lo frecuenta todavía «Pepito» Zamora? Por lo
menos, en las paredes habrán aún aquellos dibujos suyos con mujercitas de los
años veinte, que parecen arrancadas de los primeros libros de Paul Morand. Los
escaparates de las «boutiques» de las calles de Jesús y de Parellada y del Cap
de la Vila, al iluminarse, encienden las candilejas de la noche de Sitges.
Damas y muchachas que todo el día han estado tostándose al sol, se ponen ahora
los pantalones y los «shorts» de fantasía para dedicarse al «shopping».
De unos años acá, al lado de los recuerdos típicos españoles, los
extranjeros hallan en los comercios suburenses un sugestivo repertorio de prendas
de vestir en piel. Al regreso de los veraneos mediterráneos sumidas ya en los inviernos
europeos, las mujeres podrán ufanarse dos veces de la piel de Sitges, mostrando
el bronceado escote y la chaqueta de napa.
El bar «Oliva» es otro de los puntales de la noche sitgetana. Hay que ir a
bailar a su patio, si es que puede llamarse bailar al hecho de desplazarse
lentamente en a pista enmarcada por una vegetación frondosa, donde hi güeras y
moreras forman acogedoras y obscuras grutas. El patio de «ca l'Oliva», a los
indígenas tiene la virtud de recordarnos los clásicos patios locales,
inmortalizado? por Santiago Rusiñol en su romántica y modernista comedia «El
pati blau». ¡Hay que ver el partido que varios bares de Sitges les han sacado a
los patios! Aunque los austeros pozos panadenses, por necesidades del turismo,
hayan sido disfrazados con afiligranados brocales de hierro y macetas de
claveles, como pozos escapados del teatro de los Quintero.
¡Ah, el tipismo ! Si Alfredo de Musset vio andaluzas de tez morena en
Barcelona, ¡cuántas no descubriría en Sitges! A escasos metros de «Oliva», en
una de las callejuelas que descienden a la Ribera, entre coquetones hoteles I
pensiones de evocadores nombres, se escuchan las guitarras y las castañuelas
del «Sacro Monte», uno de los locales sitgetanos permanentemente dedicados al'
flamenco.
La demanda justifica la oferta. El «Prado» y el «Retiro», los viejos
casinos que para su recreo fundaron los «americanos» y que tenían aspecto de
tranquilos balnearios, se han pasado con armas y bagajes al baile español. Por
sus tablados desfilan todas las luminarias del flamenco: Carmen Amaya, Antonio,
la Chunga, Rosario... Incluso, obtemperando a la moda, han presentado compañías
infantiles de «cante jondo», anunciadas de la siguiente forma : «The authentic
children nightingales of the Spanish Flamenco».
La conversión de Sitges al flamenco es obra del turismo. Hace medio siglo,
cuando la población quiso hacer un pinito de españolidad, se inclinó hacia El
Greco. Hoy, puesta a honrar a un artista exponente de la raza, acaso sería más
indicado un monumento a Romero de Torres...
Ahora bien, moderna Babilonia, acoge en su seno todos los placeres. No se
casa con nadie. Apenas el noctámbulo ha doblado la esquina de un barrio calcado
de Triana, topa con Saint-Germain-des-Prés. O más exactamente con Saint-Tropez,
que es, como se sabe, la versión canicular de aquel conocido barrio parisiense.
Acaso fue viendo bailar a las falsas Brigittes Bardots de «La Cabaña» que a un periodista
francés se le ocurrió, dos años ha, trazar un paralelismo entre la blanca villa
catalana y el mundano «village» de la Costa Azul.
Con sus dos pistas al aire libre y sus rústicas mesas obradas en troncos,
estilo «western», es «La Cabaña» el sitio preferido de la juventud nacional y
extranjera. Las muchachas, desgreñadas, enfundan sus piernas en el pantalón
masculino. Cuando no bailan descalzas, toscas sandalias les protegen los pies.
El «rock-and-roll» y el cha-cha-cha eran los bailes típicos de esa «boite».
Empleo el pretérito porque supongo que este verano, de acuerdo con la moda, el
«twist» imperará en «La Cabaña». Dado el entusiasmo, mejor dicho, dada la
convicción con que sus habituales siguen las modas, preveo un ambiente de lo
más frenético, con el consiguiente escándalo de las personas timoratas.
Menos mal que con los bailes de ritmo vivo alternan azucaradas canciones
italianas. Entonces, los bailadores pasan, instantáneamente del frenesí a la
abulia. Las parejas, con los cuerpos pegados como con cemento, andan por la
pista cual sonámbulos.
La noche de Sitges suele apurarse en la calle del Dos de Mayo, que
espíritus burlones bautizaron con el nombre de calle del Pecado. La
coincidencia de ocho o diez bares, ha dado pie a la leyenda de una pecaminosa
atmósfera. Pero, estos bares corren parejas con los de otras calles, incluso de
aquellas que llevan nombres tan venerables como San Francisco, San Pedro y San
Gaudencio. Probablemente, el echar el cerrojo de madrugada es lo que les ha creado
una aura nefanda. No obstante, el contraste entre escenografía y tradición es
el encanto de Sitges. En una de las bocacalles del Dos de Mayo, un bodegón
castizo,
«Can Sariol», con sus imponentes filas de toneles ampara a los más
recalcitrantes trasnochadores. Los turistas pasan y el alma de Sitges queda... El
alma suburense que, por la noche, se oye respirar en las travesías que de la
calle Mayor bajan a la Ribera. La indiscreta mirada del trotacalles penetra en
los zaguanes ochocentistas para columpiarse en las mecedoras de enea. O bien, a
través de las bajas ventanas, se asoma a las salas isabelinas para buscar, a la
luz del quinqué, el tiempo perdido, oculto quizás en el interior de los
fanales, o quién sabe si escondido en la entraña de las cajas de música.
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