divendres, 25 de juny de 2010

SITGES LA BLANCA (II)




Esta es la población escogida por Santiago Rusiñol para establecer su Cau ferrat. ¡El Cau ferrat! Hay que hablar, hay que hablar de esta humorada, que ha tomado todos los aires y todos los vuelos de una institución. El Cau ferrat es un capricho que ha venido á erigirse hoy en templo suntuoso del modernismo.
Santiago Rusiñol, el pintor impresionista, reputado por su talento excepcional, por sus cuadros de mérito superior, y algo también por sus rasgos de originalidad y de caràcter, el artista noble, generoso y simpático, que ha sabido hacerse querer y admirar de todos, poseía una riquísima colección de hierros. Los fué recogiendo en sus viajes, y llegó á formar con ellos un Museo, pero un Museo de precio y de estima. Convertido Rusiñol en coleccionista de hierros, tiene hoy en este género un verdadero tesoro. En una de sus excursiones por Cataluña, se prendó de Sitges, y decidió hacerla depositaria de su artística ferramienta, recogida y alcanzada con la selección del inteligente, el celo del arqueólogo, la avaricia del anticuario y el ojo del artista.
Sitges es un pueblo alegre, que ríe y que canta; es una villa helena, anacreóntica, en que todo brilla y esplende: la luz en su cielo azul, el fósforo en su mar hirviente, las flores en sus jardines, la palma en sus arenas, el calor en sus espacios, la sensualidad en sus fiestas, e amor en sus mujeres y el arte en todo. Es la villa que Anacreonte hubo de ver en sueños al escribir sus odas inmortales. La malvasía y el moscatel de Sitges son vinos perfumados y dulcísimos que se parecen á estatuas griegas en lo de no conocer rivales. Así fué sin duda la ambrosía que Hebe escanciaba á los dioses del Olimpo. Y así debieran llamarse estos vinos, Anacreonte ó Píndaro, en vez de moscatel y malvasia.
¡Qué extraño, pues, que Rusiñol, con sus fantasías de artista, se enamorase de Sitges! (...) Rusiñol, como ya dije, es gran admirador del Greco
En su Cau ferrat se presta culto á los dos Grecos citados, y pocos meses han transcurrido desde el día en que estos dos cuadros fueron paseados por todo Sitges en triunfo y procesión solemne. Varios artistas catalanes, entusiastas y compañeros de Rusiñol, algunos periodistas y poetas de Barcelona, escritores y letrados, altos y bajos, el Ayuntamiento de Sitges en corporación, el pueblo todo en discreto tumulto y manifestación respetuosa, como en talle de celebrar una gran fiesta cívica, fueron á la estación del ferrocarril para recibir los cuadros del Greco, y, solemne, ceremoniosamente, alzados los pendones, ardiendo en regocijo, sonando los clarines, prolongándose los vivas y los aplausos, los llevaron á depositar en el Cau ferrat. Así se honró en Sitges, por inspiración y cuidados de Rusiñol, la memoria de aquel artista que por nombre de familia se llamó Domenico Theotocópuli, y por nombre de arte y de batalla el Greco, á quien unos creyeron extravagante, otros visionario y muchos loco, pero á quien todos admiraron siempre por el vigor de su talento, reconociéndolo como verdadero iniciador de la pintura española y no pocos como el pontífice de la escuela de Velásquez. Podrá ser el Greco, aun hoy día, un enigma, pero fue un genio.
En ninguna parte del mundo obtuvo jamás el Greco, vivo ni muerto, los honores del triunfo como en el triunfo ostentoso que supieron procurarle en Sitges Rusiñol y sus amigos, por lo cual el Greco quedó honrado, la razón reconocida, la anticrítico humillada, el atre esclarecido, la justicia rehabilitada, y Sitges entera agradecida y triunfadora, figurando desde aquel día entre las ciudades más amantes del ingenio y del arte.

SEGUIRÀ …