divendres, 25 de juny de 2010

SITGES LA BLANCA (I)

Buscant en una llibreria de vell, em vaig trobar a les mans amb un exemplar d'un llibre de Víctor Balaguer titulat Historias y tradiciones i on l'autor descrivia una sèrie de llocs prou interessants i que van merèixer l'atenció de Don Víctor, entre els quals destaca el text titulat Sitges la blanca i que també es va publicar en altres revistes de l'època. És per aquests anys, que de la ma de Santiago Rusiñol, participa de les Festes Modernistes, especialment la que te lloc el 1894, on Balaguer visita el Cau Ferrat i en queda prendat.

L'article és com un homenatge al Sitges d'abans, d'aquell Sitges blanc que va ser i que queda en els records dels escrits i les postals fotogràfiques. Com deia l'il·lustre vilanoví, blancas son las losas de sus calles y las tapias de sus huertos ...



SITGES LA BLANCA
Como nacida de la nívea espuma
que engendró un día á Venus Afrodita,
risueña, alegre, seductora, blanca,
orilla de la mar se eleva Sitges.
Es la antigua Subur. Montes vecinos,
que resguardan y protegen, danle
atomilladas brisas, acres brumas
la mar salobre que á sus pies se tiende,
y dulces mieles, en lugar de vinos,
sus griegas vides. Gallardea y crece
en sus jardines la africana palma,
y sus mujeres son dechado y timbre
de gracia y de beldad.
Hermosa villa,
la que al pie duermes del Garraf riscoso,
en un lecho de flores, al arrullo
del ola tumultuante que se rompe,
lasa y vencida, en la enriscada peña
donde aparece tu sagrado templo;
serena, amante, hechizadora Sitges,
nido dulce de amor, ¡Dios te bendiga!

Con estos versos expresé yo mi amor á Sitges, cuando pisaba muy á menudo sus playas, hace ya bastantes años. Podrá Sitges no ser la antigua Kissa ó Cissa, como afirman algunos; podrá no ser, ó si será, la ópima Subur, según pretenden los más, y yo con ellos; pero es, sí, una de las villas más amorosas y más seducientes que conozco.
Está situada al pie del Garraf, el riscoso monte que cantó Cabanyes, por cuyas entrañas cruza un río de ignorado origen y en cuyas selvas se albergan los dioses y los gigantes de las leyendas; y viene á murmurar trovas lemosinas á sus plantas el mar azul, el Mediterráneo, nuestro mar latino, el mar de entre cuya espuma luminosa se vió salir un día á la Afrodita.
En sus costas y laderas el sol madura la uva dulcísima de origen griego, que aquí trajo, según tradición, roger de Lauria, y que destila ese vino embriagador y aromático llamado malvasía, del cual se dice no saber lo que es en Sitges más dulce, si la miel de su vino ó el amor de sus mujeres.
Sus casas se extienden en afiteatro, en graciosa concha, por la playa, atentas para ver el mar, y tras de ellas, diligentes también para gozarlo, se empinan y sobresalen otras casas que parecen ponerse de puntilla como no queriendo perderlo de vista, ansiosas de recibir el beso de su fresca marinada.
Florece la africana palmera en sus jardines y el áloes en su arena, y sus hermosas huertas se ocultan tras de impenetrables cercas de pitas y chumberas. Su iglesia parroquial se encumbra sobre un grupo de rocas dominando el mar, y á lo lejos, escalando una loma, aparece el cementerio con su muro blanco y sus cipreses verdinegros, presentándose, no como lugar de tristeza y muerte, sino como sitio de encantos y delicias, en el que Franco Gras ha colocado la principal acción de una de sus novelas.
Blancas son sus casas como ampo de nieve, mensualmente encaladas con preferente aliño; blancas son las losas de sus calles y las tapias de sus huertos; blancas y rosadas como flor de almendro sus mujeres con sus vestes blancas, y blanca con el color purpúreo del alba, no morena como la Virgen del Montserrat, dentro de su templo blanco, es la imagen bizantina de su Virgen del Vinyet, la Nuestra Señora de las Nieves invocada por los marinos y engrandecida por las leyendas.
Tal es Sitges la amorosa, Sitges la blanca, donde todo es luz y todo amor, todo dulzura y todo júbilo.
Es una villa griega en nuestra costa levantina y una villa andaluza en Cataluña, con la particularidad de que sólo en esta villa se ven rejas salientes como en Andalucía, adecuadas para amorosos coloquios. También es la única villa catalana donde la lengua, principalmente entre las mujeres, parece tomar cierta forma y cierto dejo, propios de comarcas americanas y andaluzas, y donde usan, mezcladas con el lenguaje catalán, ciertas voces originarias de Andalucía y que sólo allí se oyen y acostumbran.


¡Oh hermosa, blanca y amorosa Sitges de mis recuerdos juveniles! ¡Ay, riberita de Sitges, como decía yo entonces.

¡Ay, riberita de Sitges,
ribera de mis cuidados,
la noche que yo te vi
de la luna al dulce rayo!
¡Ay, Sitges de mis amores,
la del aire embalsamado,
con la mar fosforescente
por tu playa resbalando,
con el ambiente aromoso
de tus cármenes cercanos,
cuando tu limpia ribera
íbamos los dos cruzando,
su talle esbelto y flexible
prisionero de mi brazo,
y mirándome en sus ojos,
mientras bebía en sus labios
la miel que ofrece á tu vino
la griega vid de tus llanos!
¡Ay, riberita de Sitges,
ribera de mis cuidados!


SEGUIRÀ …